En sus profundos “Estudios sobre el amor” (1939), el filósofo español José Ortega y Gasset define la amistad entre las personas como, una forma de amor especialmente generosa, no tan exigente como la de los amantes, ni tan determinada como la relación entre padres e hijos.
Dice que tiene su origen en una coincidencia de gustos, valores y visión del mundo. Dos personas comparten afecto, y también conversación, ideas, ironía, silencios cómodos. El amigo es visto como es, con sus límites incluidos, y, aun así, es aceptado.
La amistad no busca poseer ni absorber al otro, sino acompañarlo de forma estable, sin exclusividad y demanda (como el amor), sino que respeta la libertad y el proyecto vital de la otra persona. Por eso es más duradera.
En esto piensa también Jorge Luis Borges cuando dice que la amistad, también a diferencia del amor, no necesita frecuencia de contacto. Por eso a veces encontramos personas a las que no veíamos en muchos años y el afecto latente hace que se continúe, de forma natural, una conversación que se cortó hace tiempo.
Historia real. Mario y Alberto son dos amigos de la infancia, familias muy humildes en un difícil entorno rural de posguerra. Mario empezó a trabajar muy joven como empleado de un agente de seguros exclusivo. Y progresó allí hasta que, años después, en el momento de la jubilación, llegó a comprar la empresa a su jefe y empezó un proyecto familiar al que se fueron incorporando sus hijos. Hoy es líder de su región y uno de los más importantes del país.
Alberto, tiene un gran don de gentes, trabajó en varios sitios y llevó siempre una vida alegre pero desordenada, fracasando en todos ellos. Su situación llegó a un punto crítico, afectando a sus relaciones familiares y a su posición económica.
Ante esto, Mario le propuso un compromiso para salir adelante y remontar su vida.
Para ello, le enseñó a gestionar los seguros, le traspasó una parte de su cartera de clientes y le consiguió una franquicia de otra aseguradora (que además era la líder del mercado nacional, mucho más relevante que la suya).
Alberto, con la ayuda de una hija joven, aceptó el desafío de Mario en esa encrucijada. Se han ganado muy bien la vida, ella continua al frente, y ambos siguen siendo hoy grandes amigos que comparten semanalmente su afición por la montaña.
¿Se pueden tener amigos (un nivel superior al de “conocidos”) en el mundo de los negocios? Por supuesto.
En la relación entre proveedores y clientes ocurre con frecuencia.
El primero, desde su profesionalidad, y sin renunciar a sus intereses y objetivos empresariales, puede desarrollar una relación personal con el cliente. Se conocen bien.
Existen muchas ocasiones en que proveedor ve posibles mejoras en la gestión de los negocios de su cliente: aspectos comerciales de organización, formación y objetivos (que conoce por sus otros clientes). O en el conjunto de sus procedimientos de trabajo. O en la configuración institucional de la empresa.
Por otro lado, el cliente puede también colaborar, desde su conocimiento muy próximo del mercado en el día a día.
Puede sugerir al proveedor, mejoras en los productos que ofrece, de manera que los hagan más interesantes para sus clientes. Incluso proponerle nuevos productos, en línea con las tendencias de mercado, es decir, lo que sus otros clientes necesitan y le acabarán por pedir o exigir a él.
Desde una relación personal madura, que haya alcanzado el grado de amistad, esto es más fácil.
¿Se puede tener amigos entre los competidores? Sin duda.
Yo he tenido muchos, en varios países en mi vida como expatriado. Sin renunciar a pelear, “a muerte”, para ganar, o no perder, un cliente interesante y rentable.
Con ellos he compartido cordialmente situaciones, tendencias, mejoras necesarias en el sector y compromisos para impulsarlas, creando estados de opinión, servicios que mejorarían la vida de los clientes, productos desarrollados en otros países y que se podrían importar. (Pensemos que, en algunas áreas, como los contratos de seguros, el copyright dura 24 horas).
Y, mientras tanto, hemos ido hablando de arte, deportes y aficiones, o de nuestras familias. Y hemos estado muy próximos en los momentos, buenos y, especialmente, en los malos, que la vida nos ha traído.
Hoy parece que esto no es posible sin renunciar a las ambiciones, responsabilidad y obligaciones de lealtad a nuestra empresa. Una gran falsedad.
O se piensa que no es compatible sin convivir con el oscuro mundo de la corrupción, ya sea descubierta y castigada, demostrada o, simplemente, intuida.
Un amigo puede pedir a otro ayuda para alcanzar un objetivo que, por sí solo, no conseguiría.
En sí, esto no tiene nada de malo si se respetan esas reglas.
Primero, la ayuda debe referirse a algo que es legal (sin la menor sombra de duda; si la hay, nuestros abogados nos lo aclararán rápidamente).
Y segundo, directamente vinculado (el ordenamiento jurídico es a veces imperfecto, o incompleto), debe tratarse de algo moralmente aceptable, indudablemente justo en el propósito de la acción.
Si existen dudas, también tenemos casi siempre cerca personas cabales que nos las pueden aclarar. Y, si no es posible, siempre desistir.
El tercero es la contraprestación.
Cumplido lo primero, legalidad y moralidad, en el “favor limpio”, la situación más clara y satisfactoria, es que no exista un beneficio para el que lo hace, más allá del propio de la continuidad de la sana amistad.
Puede haber compensaciones personales, propias de un favor entre amigos, muy alejadas de lo que se pueda configurar como un “negocio” entre ambos en el que, al final, ellos son los beneficiarios.
Esto vuelve a ser especialmente “limpio” si el reconocimiento es poco relevante en lo material (tan poco importante que no se consideraría nunca un “incentivo”).
Y además que, si se hace, que sea a título personal, es decir, no aprovechando (el que pide el favor) el poder y los medios asociados a las responsabilidades que tiene en su empresa.
La amistad entre personas cuyo vínculo es profesional, está muy relacionada con la concordia, palabra latina que expresa unión de corazones y voluntades, armonía y acuerdo, entendimiento mutuo basado en el respeto y la cooperación.
Cicerón escribió que la concordia hace crecer las cosas pequeñas y la discordia destruye las grandes. Perfectamente aplicable al mundo de los negocios.